viernes, 1 de mayo de 2009

Un ingrediente básico.


El sonido sordo de la tapa al caer contra un sinfín de páginas bajo el impulso de tu mano. El final de una historia que te ha acompañado durante días, semanas, e incluso, puede que meses .La conmoción de saber que la vida de esos personajes ha acabado y que renacerán de nuevo cuando vuelvas a leer la primera línea de la primera página, quizás, algún día. La suave caricia en la yema de tus dedos al pasarlos por las letras en relieve de la tapa.

Una mirada de cariño. Un mundo que ha acabado tal y como empezó: entre palabras.

Otra historia que incluso antes de llegar a su fin ya formaba parte de ti.

La emoción de acercarte de nuevo a otro montón de páginas agrupadas bajo un título más o menos atrayente. La pregunta de qué se esconderá bajo esos títulos, la inquietud de qué deparará cada uno de esos libros, la duda de cuál será el siguiente, la dura elección de finalmente decidir. La ilusión de volver a leer la primera línea de una gran aventura.

El placer de leer. Un ingrediente básico en la vida de esta ninfa.

Se despide, con otra aventura esperándola,
Moira.

lunes, 23 de marzo de 2009

Abandonada



Por unas finas rendijas entran unos tenues rayos de luz. Está amaneciendo. Piensas que sería un buen momento para levantarte, pero no encuentras fuerzas en ningún punto de tu ser.

A tu lado, la llama de la vela que se mantenía viva para alumbrar tu noche, sabiendo su función finalizada, se ha consumido con la llegada del día.

Hace horas que estás en la misma posición: las rodillas doblegadas, la espalda apoyada en la dura pared, los brazos cayendo por tu regazo de cualquier manera, y la cabeza inclinada ligeramente hacia un costado.

Tu elaborado peinado hace ya tiempo que ha quedado deshecho y tu lustroso vestido empañado por el polvo.

La cuenca de tus ojos está seca. No te quedan lágrimas por derramar, pero aún así, el deseo de hacerlo parece no menguar a pesar de que el tiempo no detiene su paso.

Repentinamente, te preguntas cómo estará el maquillaje. Llegas a la resolución de que, probablemente, tu rostro haya perdido color y bajo tus ojos haya una siniestra línea negra que se expande hasta trazar una difuminada ojera artificial. Incluso el carmín de tus labios debe haber desaparecido tras tantos mordiscos de rabia e impotencia.

Desvías tu vista, perdida en ningún punto concreto, hasta los encajes de tu vestido. Te sorprendes al ver que el mismo sigue siendo blanco. Quizás pensabas, tras una noche en esa destartalada buhardilla, que todo adquiere el mismo tono oscuro, entre el negro-amargura y el gris-olvido. Coges con una mano el tul semi- transparente que forma la primera capa de la prenda. Su tacto es suave, de nuevo te sorprendes. Habías olvidado que pediste expresamente que fuera de seda. Contemplas las rosas bordadas con infinita precisión. Te cautivan, igual que la primera vez que las viste. Acaricias una de ellas y subes tu mano, pasando de largo tu estómago y dejándola reposar en tu pecho, dónde la palma de tu mano aprecia la rugosidad de un elaborado encaje de forma imprecisa.

La dejas ahí, encima del lugar exacto dónde debiera estar tu dolido corazón, olvidada. Tan olvidada como tú.

Ladeas la cabeza hacia el otro lado, empezando a notar, con cierto fastidio, como la desesperación se apodera de tu ser. Una vez más.

Cierras los ojos con fuerza, deseando fervientemente que desaparezca. Sencillamente, no quieres sufrir. No otra vez.

Cuando los vuelves a abrir, un poco más tranquila ya, reparas en algo. Entre los dedos índice y pulgar de tu mano izquierda hay un arrugado papel cogido con mucha delicadeza. También lo habías olvidado.

Lo desdoblas y empiezas a leerlo. Arrepintiéndote al instante de haberlo hecho.

Las lágrimas afloran de nuevo a tus ojos, empañando tu visión, trayendo consigo recuerdos dolorosos. Surcan tu rostro al instante, llevándose a su paso la poca dignidad que, quizás, todavía quedaba en pie. El color vuelve a tus mejillas y los sollozos a tu boca.

No eres capaz de distinguir la elegante caligrafía, pero no lo necesitas. Conoces el contenido de esa breve nota de memoria. Tienes grabada esas palabras a fuego en cada poro de tu piel. En cada lágrima derramada. En cada bombeo de tu maltratado corazón.

Y pasarán los años y superarás esas palabras. Pasarán los años y serás capaz de tirar ese bonito vestido blanco y pasar página.

Mas nunca dejarás de ser, por más que Chrnos no se detenga en su afán, aquella novia abandonada.
~
Con cariño,
Moira.
~
Relato como respuesta a Retos Ilustrados.
Carta: Retratos.
Tabla: Novia abandonada.

martes, 3 de marzo de 2009

Anhelos de felicidad


El viento mueve juguetonamente la hierba del prado, logrando que las finas hojas me hagan cosquillas en las piernas, justo tras las rodillas.

El Sol resplandece en la bóveda celeste, despejada hoy de cualquier nube, reluciendo así su color azul: vivo y alegre.

Los días de Abril son realmente agradables. Ni frío ni calor. Todo ello sumado a un viento fresco, que es semejante a un aliento de vida, que sopla con frecuencia.

La quietud que reina en el ambiente se ve interrumpida de pronto por unas risas vivas y juveniles. Acompañando las voces, dos traviesos duendecillos aparecen de detrás de los árboles.

Los observo. Me empapo de la frescura de su risa, de la inocencia de su mirada, de la despreocupación que desprenden en esencia.

Son la reencarnación de aquellas grandes cualidades que todos tuvimos una vez y que todos acabamos anhelando. Al igual que ellos harán en su debido momento.

Viéndoles tan sólo puedo recrear un pensamiento. Y es que si yo fuese libre como el viento que acaricia mi piel, si mi vida estuviese regida por tal deliciosa despreocupación, si mi alma poseyese la pura inquietud de la inocencia, me sumergiría en el arte del conocimiento. Y entonces, con los brazos abiertos, me dejaría acunar por la felicidad.
*
Atentamente,
Moira, una ninfa sumergida en sus anhelos.


martes, 20 de enero de 2009

Amor desalmado


Estática en algún punto inconcreto de la extensa avenida, miras sin ver a la gente en su diario caminar.

Oyes sin escuchar el claxon de los coches mezclándose con las distintas conversaciones de los transeúntes que te rodean.
Sientes en tu piel el viento acariciarte. Notas miradas de extrañeza hacia tu persona. Puede que incluso algún difuso “¿estás bien?”. Pero nada de lo que te rodea merece tu atención. Por una vez, sólo esta vez, toda tu atención está dirigida a tu propia persona.

Te concentras en los sentimientos que corren por tus venas y no puedes evitar pensar qué esa opresión en el pecho es un sentimiento extraño. Siempre narrado en cuentos y novelas pero nunca vivido en la propia carne. Nunca, excepto esta vez.

Te sientes olvidada. Burlada. Insignificante. Sola.

Una vez más, traicionada sin querer. Sí, sin querer. Porque sabes que él no lo ha hecho a propósito. Eres consciente de que él no conocía tus sentimientos y que de ningún modo es culpable. En realidad, nadie lo es. Nadie, excepto tú.

Tú, ilusa adolescente de más de veinte años. Tú, niña inocente que sucumbes a los encantos de la ilusión. Tú, que tropiezas siempre con la misma piedra, que caes una y otra vez en la misma trampa. Ésa que el amor parece tener preparada especialmente para ti.

Las lágrimas pugnan por salir pero algo en tu interior, algo inconcreto e inusual, que nada tiene que ver con un esfuerzo físico por tu parte, les impide escapar hacia el exterior.

En realidad, no te importaría romper a llorar. Qué más da la gente que pueda haber. Sería un alivio, una descarga. Pero, simplemente, no eres capaz.

Nos sabes por qué. Puede que todas aquellas cicatrices que adornan tu corazón tengan mucho que ver. Demasiado sufrimiento exteriorizado. Demasiadas cicatrices por una misma causa.

Y tomas conciencia de que va siendo hora de llevar tú misma tu propia carga. A fin de cuentas, es tu problema.

Sonríes con cierto cinismo al darte cuenta, sí, ahora, de lo estúpida que has sido. Cómo pudiste pensar qué esta vez sí podía ser. Cómo fuiste capaz de volver a caer. Dónde estás tú, la verdadera, cuando el amor, o una sombra de él, llama a tu puerta. Dónde se esconden tu madurez y tu cordura. Puede que sí sea cierta aquella frase tan conocida que dice que el amor es ciego. Que una venda cubre tus ojos cuando sus redes te atrapan y sus garras te sujetan.

Y anhelas contar al mundo aquél secreto que guardas en tu dolido corazón. Sí, deseas gritar que Cupido, oh, Gran Caprichoso, practica su puntería con su juego favorito, el juego del amor. Que la suerte, tierna gemela del azar, es favorable para algunos privilegiados, sí, como la bella Elena de Troya y sus variantes, que hayan gracia ante sus ojos. ¿Y Afrodita? Oh, perfecta Afrodita, desalmada diosa que apuesta con Cupido a quién acertara su flecha.

Cruel destino que juega con nosotros cómo y cuándo le place.

En una mano llevas a la soledad, la otra te la coge el amor. Y no sabes cual de los dos te dejará llegado el momento.

Porque quién sabe y quién sabrá. Ya lo dicen los sabios, que las cuestiones del amor, por suerte o por desgracia, escapan al entendimiento humano.

Y quizás es mejor así.

Pero mientras tanto, tú, simple humana entre muchas otras, dotada de atributos cualesquiera, esperarás paciente, entre innumerables desengaños y noches de desvela, a que el amor, en persona y verdadero, llame a tu puerta o pase de largo.

*
Con cariño,
Moira.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Carmín de una sola noche.


Con curiosa ceremonia destapa aquella barra de labios color carmín que había quedado olvidada en aquel olvidado cajón.

No sabe que yo, desde la obertura de la diminuta ventana, la estoy observando una vez más.

La acerca a sus labios y los cubre de ese sugerente rojizo que jamás se había atrevido a llevar más allá de las cuatro paredes que forman ese cuarto de baño.

Aunque esta vez, en su pequeño ritual hay algo distinto. En el pardo de sus ojos se vislumbra una firme determinación.

Observa sus facciones en el espejo con detenimiento. Y me atrevo a afirmar que no se reconoce en ellas. Definitivamente, había hecho un buen trabajo consigo misma. El maquillaje, expandido por su rostro con notable acierto, y los colores, combinados con sorprendente armonía, le daban un aspecto sensual que jamás había tenido y que siempre había ansiado tener.

Se mesa el cabello, dándole un toque salvaje al conjunto, y se dedica una sonrisa seductora para después salir, con aires inusualmente felinos, al Gran Exterior. Dispuesta a comerse el mundo en una noche. Única y exclusivamente, esa noche.

Como un anhelo mil veces soñado, que de una vez por todas, debe hacerse realidad.

Antes de cerrar la puerta dirige una mirada al reloj de muñeca para comprobar que le quedan, exactamente, seis horas y diecisiete minutos.

Más que suficiente.

Porque ya lo dice Rochefoucauld, en esa frase célebre tan poco conocida, que no hay mujer honesta que no haya soñado alguna vez con dejar de serlo.

Aunque sólo sea por una noche.

Dándose los últimos toques de carmín,
Moira, una más a la que Rochefoucauld supo retratar.



Única y exclusivamente esta noche.



Te giras, con tu larga cabellera, brillante y sensual, ondeando al compás de tu vuelo.

En tu fino rostro enmarcas una expresión que refleja una muy bien ensayada inocencia y la exquisita interpretación de un fingido desinterés.

Y funciona.

Porque cuando tu ávida mirada haya los claros ojos que buscan, sabes que esa noche, única y exclusivamente esa noche, él será tuyo.

Disfrutando de los momentos de inspiración,
Moira.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Hugo, Noelia y nadie más.



Se acercó a la silueta que yacía apoyada en la pared con una muy bien simulada seguridad.

La miró largo rato, aparentando calma ante su escrutiñadora mirada, disfrutando de su belleza, deleitándose con cada uno de sus rasgos.

Sabía que era extraño que estuviese allí, parado frente a ella, en silencio, simplemente observándola.

Pero nadie más que él sabía el huracán de sensaciones que moraba en su interior, arrasando cualquier ápice de tranquilidad o de convencimiento que pareciese tener. Nadie más que él sabía la lucha que su mente y su corazón libraban contra el peso de la culpa, que le insinuaba que nada podía arreglarse ya, que lo martirizaba, que le provocaba ese extraño sentir en el estómago y esa familiar sensación en la garganta.

Contra más la contemplaba, más ruda le parecía que era su mirada. Señal de que era hora de actuar. Hora de hacer aquello que debía haber hecho en el momento en que toda aquella situación comenzó.

Sintió deseos de aclararse la voz. Pero sabía que con ese simple gesto mostraría su miedo. Y eso, frente a ella, no iba a permitirlo.

-¿Puedo? –dijo, alegrándose, en lo más recóndito de su ser, allí donde esos ojos aguados no podían llegar, de que hubiese sonado claro y alto.

-¿El qué?- preguntó ella tras unos segundos.

Su tono denotaba desconfianza y Hugo no se extrañó. Era normal, después de todo, él le había fallado.

Se sentía desarmado. Sin embargo, ése era el momento. Si no lo hacía en ese instante no lo haría nunca. Y aunque sonase extremista, él era el único que sabía cuan cierta era esa realidad.

No le respondió.

Se limitó a dar un paso más hacia ella, cuerpo contra cuerpo, y acercó sus labios a su oído derecho.

-Acercarme a ti como antes- le susurró.

Sintió el leve estremecimiento que, sin el permiso de su dueña, emitió el cuerpo de Noelia.

-Lo siento- volvió a susurrar, esta vez en un tono mucho más confidencial, como si temiese que el aire los oyese.

No la veía. Pero estaba seguro de que había cerrado los ojos y acallado un suspiro.

-Perdóname, Noelia.

De nuevo, el silencio fue toda respuesta.

-Sabes que te quiero. Sabes que jamás, óyeme, jamás, haría algo que te dañase a propósito- hizo una leve pausa y continuó, manteniendo esa atmósfera íntima que su tono de voz había creado- Por favor, Noelia, créeme.

Elevó una breve oración al cielo y la miró a los ojos.

-Te prometo, aquí y ahora, que no volverá a suceder. Te digo, con el corazón en la mano, que me arrepiento. Y te pido de nuevo, por favor, que me perdones.

Tragó saliva. Le estaba costando más de lo previsto decirle todo aquello. Estaba desvelándole sus sentimientos como nunca lo había hecho. Y ella permanecía impasible. Como si nada le afectara. Como si la sentencia ya estuviese dictada.

Ese último pensamiento lo desesperó.

Alzó la mano y le acarició la mejilla, pensando que quizás era la última vez que podía hacerlo. Le rozó los labios con uno de sus dedos, rechazando, en un intento vano por mantener un ápice de esperanza, la posibilidad de que no volviese a besarlos.

Y entonces qué. Qué haría él sin ella.

Quién era Hugo sin Noelia.

-Noelia, yo…

Entonces, en ese instante en que su voz había perdido cualquier tono confidencial, cuando de su pose había caído la fingida seguridad, cuando de su mirada se había esfumado cualquier espectro de calma, Noelia sonrió, provocando que Hugo interrumpiera su discurso.

Posó su dedo índice en la punta de su nariz, juguetona y divertida, y lo bajó hasta sus labios. Hizo caso omiso de la mirada confusa de Hugo y lo besó.

Un simple roce de labios, como el tímido beso de dos adolescentes inexpertos, que disipó cualquier duda que restase en la mente de Hugo.

Porque Hugo conocía lo suficiente a Noelia para saber que ese beso era la prueba de que lo había perdonado, no en ese instante, si no hacía ya tiempo. Y que tan sólo había estado esperando, como él ya se temía, a que se decidiese a suplicar su perdón.

Y Noelia conocía lo suficiente a Hugo como para saber que aquella seguridad y aquella calma habían sido puro teatro. Una vez más, los esfuerzos de su chico habían sido en vano. Se había delatado, de forma graciosa, todo había que decirlo, al colocarse bien las gafas de aquella forma, sí, justamente de aquella forma, antes de acercarse a su oído. Gesto que solía hacer cuando estaba realmente nervioso.

Se miraron de nuevo y estallaron en carcajadas.

Algunos decían de ellos que eran particulares, una pareja singular. Otros afirmaban que no durarían mucho. Otros, bueno, para qué seguir, todo lo que de ellos decían no solían ser cumplidos.

Pero les daba igual. Porque, simplemente, conocerse de esa forma y quererse a pesar de todo era maravilloso.

Ellos habían forjado lo que eran y seguirían luchando por mantenerlo. Haciendo los sacrificios que hiciesen falta. Porque todo esfuerzo valía la pena si seguían siendo Hugo, Noelia, y nadie más.

~

Con cariño,
Moira.